TE DEUM
para solistas (soprano y tenor), coro mixto y orquesta.
Georges BIZET (1838-1875)
En
1857, con tan sólo 19 años, Bizet estrena en París la opereta Le Docteur
Miracle y obtiene, con la cantata Clovis et Clotilde, el “Gran
Premio de Roma” de composición, instituido en 1803 por Napoleón Bonaparte.
Dicho galardón le reporta una beca que le permite viajar a Italia durante tres
años para continuar con su actividad creadora, con el compromiso de enviar cada
año una obra nueva. Así, Bizet se traslada a Roma y se aloja en la Villa
Medici, donde compone, en la primavera de 1858, la primera de las tres obras de
encargo: un Te Deum para solistas, coro mixto y orquesta. A ésta seguirían
la ópera Vasco de Gama y una suite orquestal.
El
Te Deum es su única composición conocida de carácter religioso. Bizet
la presentaría posteriormente al “Concurso Rodrigo”, muy cotizado en
aquella época en lo que hace referencia a música sacra, no obteniendo el
mismo, quizás por no haber utilizado de forma ortodoxa el texto litúrgico
(insertó el Sanctus en un orden distinto y omitió el Et rege eos
y el Dignare Domine), amén de lo chocante que a veces resulta la
acentuación musical, un tanto en conflicto con la pronunciación latina. No
obstante, la obra es de una indudable belleza, con melodías inspiradísimas. En
la misma se hace evidente el estilo pomposo y solemne de la música de iglesia
italiana, con efectos muy brillantes, sobre todo en el inicio y en la conclusión reexpositiva.
Según
la mayoría de las fuentes, el texto data del Siglo IV, y es atribuido
conjuntamente a San Ambrosio de Milán y a San Agustín que, henchidos de
entusiasmo tras el bautismo de éste último, lo fueron componiendo, versículo
a versículo, como un sublime y jubiloso himno de fe, de alabanza y de acción
de gracias. Desde el Siglo VI forma parte del oficio divino, cantándose
al final de los maitines (primera de las horas canónicas) así como en
todas las ocasiones en las que de forma solemne se pretende alabar a Dios y
expresar gratitud y júbilo ante algún acontecimiento relevante (firma de un
tratado de paz, coronación de un rey, victoria en una batalla, etc.).
A
lo largo de la historia han sido muchos los ejemplos de Te Deum que
encontramos: desde el canto gregoriano y la polifonía de Palestrina y Tallis
hasta las manifestaciones sinfónico-corales de Henry Purcell, Jean Baptiste
Lully, Marc-Antoine Charpenpier -famosísima su fanfarria inicial, himno de
Eurovisión-, Antonio Vivaldi, Georg F. Händel (Utrecht Te Deum y Dettingen
Te Deum), Wolfgang Amadeus Mozart (en Do mayor, KV 141), Hector Berlioz,
Giuseppe Verdi (integrado en sus Cuatro piezas Sacras), etc.
La
partitura de Bizet se inicia con el versículo que da título al himno: Te
Deum laudamus (a Tí, Señor, te alabamos) seguido de una sucesión de
aclamaciones que exaltan a la Santísima Trinidad. El carácter inicial de la música
es majestuoso -operístico, podríamos decir- para irse tornando dulce, más
tarde heroico y misterioso. La segunda parte, Tu Rex gloriae Christe,
evoca los tres grandes misterios: la Encarnación, la Redención y la Vida
eterna. Bizet confía al trombón solista una introducción gloriosa, para dar
paso posteriormente a la soprano y al tenor. Después de la cadencia heroica de
éste, la atmósfera se vuelve mágica: en el matiz pianisimo entran las
voces graves del coro, para ir desarrollando una sorprendente evocación del
Juicio Universal que concluye con un tutti in crescendo altamente
dramático que proclama la gloria de Cristo. La tercera parte de la obra, Te
ergo quaesumus, es una oración de súplica. En sus compases iniciales
-sin duda- se hallan las notas más inspiradas de toda la partitura. Bizet la
desarrolla en forma de aria para soprano con coro, dentro de un clima íntimo y
piadoso que concluyen los bajos con el Miserere nostri Domine. La última
parte, Fiat misericordia tua, es una afirmación de esperanza en
la Salvación; una alegre fuga lo ilustra. Bizet finaliza la obra reexponiendo
el Sanctus y el maestoso inicial del Te Deum laudamus,
confiriendo así a la composición un culmen apoteósico y pletórico de
brillantez.
Fernando Calleja Rosique