Notas al programa

 

El mito de Orfeo en la música

La mitología clásica ha sido, a lo largo de la historia, fuente de inspiración de grandes obras maestras en todas las vertientes artísticas y literarias. La música, que como la poesía o la pintura tiene la posibilidad de conceder verdadera vida a los relatos mitológicos y de hacer posibles sus múltiples interpretaciones, no ha sido ajena a este fenómeno y grandes compositores de todos los tiempos han abordado esta temática como inagotable caudal inspirador.

Una de las más bellas narraciones de la mitología griega nos refiere el mito de Orfeo. El héroe, que con su mágico canto era capaz de fascinar a todo aquel que lo escuchara, consiguió apaciguar las enormes olas que amenazaban con hacer zozobrar la nave de Jasón en su expedición con los argonautas. Pero sin duda su mayor epopeya consistió en su dramático descenso a las regiones infernales para rescatar a su amada Euridice, encantando para ello a los mismísimos espectros del Hades que, extasiados por su canto de amor y súplica, le permitieron llevarse el alma de su esposa, con la condición de que no contemplara su rostro hasta regresar al mundo de los vivos.

Inspirador de obras literarias desde la antigua Grecia (Esquilo, Eurípides), el mito de Orfeo se fue enriqueciendo con nuevos elementos que intensificaron su patetismo o desarrollaron su carácter de ficción novelada. De este modo llegó a los romanos. Los textos que sirvieron de base a posteriores referencias al personaje fueron el libro IV de las Geórgicas, de Virgilio, y las Metamorfosis, de Ovidio. Esta última obra, que desarrollada en casi doce mil versos ha sido considerada la "Biblia pagana", ha representado la fuente principal para quienes, durante siglos, se han aproximado a la mitología grecorromana.

No sería exagerado calificar la historia de Orfeo y Euridice como el número uno de la mitología musical ya que, a lo largo de los siglos, han sido innumerables los compositores que han basado su música en este fantástico relato. Sólo por citar algunas de las obras más conocidas destacaremos la ópera "Euridice" de Jacopo Peri (1600), "L'Orfeo" de Claudio Monteverdi (1607), el ballet "Orpheus und Eurydice" de Heinrich Schütz (1638), la cantata profana "Orphée" de Jean Philipe Rameau (1721), el drama lírico "Orpheus" de Georg Philipp Telemann (1728), la cantata "Orfeo" de Giovanni Battista Pergolesi (1736), la ópera "L'anima del filosofo ossia Orfeo ed Euridice" de Franz Joseph Haydn (1791), la cantata "Il pianto d'Armonia sulla morte d'Orfeo" de Gioacchino Rossini (1808), el poema sinfónico "Orpheus" de Franz Liszt (1854), la opereta "Orphée aux enfers" de Jacques Offenbach (1858), la obra coral "La mort d'Orphée" de Léo Delibes (1878), o el ballet "Orpheus" de Igor Stravinski (1947). Pero es – sin ningún género de duda – la ópera "Orfeo ed Euridice" de Christoph Willibald Gluck la obra que nos ofrece las más bellas melodías que se han escrito para la historia de Orfeo. Si Ovidio creó imágenes, Gluck las transformó en sonidos.

 El “Orfeo ed Euridice” de Gluck

Quizás sea sólo coincidencia, pero del mismo modo que "L'Orfeo" de Monteverdi abre la historia del drama musical en Occidente, con la aportación de una música melódica con acompañamiento armónico, "Orfeo ed Euridice" de Gluck se constituye como la primera ópera de un nuevo género, una obra que abre las puertas a una modernidad que ni siquiera soñó el propio compositor y con la que acaba, de un plumazo, con la simetría barroca y la circunvolución rococó expresada con una música sobrecargada de ampulosidad. Con su reforma – que no se igualará en magnitud hasta Wagner – inspirada en los principios del neoclasicismo, nace la ópera moderna.

La obra de Gluck, desarrollada en tres actos sobre un libreto del italiano Raniero de Calzabigi, se estrenó en el Burgtheater de Viena el 5 de octubre de 1762 con un rotundo éxito. La posterior versión francesa "Orphée et Eurydice" ("drama heroico"), en adaptación de Pierre Louis Moline, fue estrenada en la Academia Real de Música de París el 2 de agosto de 1774. Orfeo, la primera obra "reformista" de Gluck, pone en práctica un cierto número de exigencias formuladas desde hacía tiempo en el mundo de las letras, sin que se hubiera encontrado hasta entonces un medio artístico que le fuera propicio. Las innovaciones de Gluck y de Calzabigi se traducen en la simplicidad de la intriga, la modelación de la música sobre la acción dramática, el rechazo del virtuosismo vocal gratuito y la exigencia de una puesta en escena natural. La elección de la leyenda de Orfeo tomaba el sentido de doble manifiesto estético, revalorizando el drama antiguo, grandioso y elemental, y volviendo a las fuentes de la ópera, desembarazada de las sedimentaciones provocadas por una práctica decadente.

En la dedicatoria de la ópera Alceste, escribe Gluck: "la imprudente vanidad de los cantantes y la excesiva complacencia de los compositores contribuyen a que se desfigure la ópera italiana, de suerte que, de ser el más espléndido y más bello de todos los espectáculos, se ha convertido en el más ridículo y aburrido..." Tanto Gluck como Calzabigi eran conscientes de esos y de otros "abusos" que, en definitiva, deparaban libretos con complicadas tramas y subtramas, personajes estereotipados, una rígida separación entre aria y recitativo, nula presencia del coro, protagonismo absoluto del virtuosismo vocal y una flagrante separación entre música y acción. En contraposición, Gluck trata de restringir la música a su auténtico propósito, el de servir a la poesía, para aumentar su expresión y reforzar las situaciones dramáticas. La ópera no cuenta con ningún recitativo secco ni con verdaderas arias da capo. Gluck recurre a los efectos más libres y sencillos, como el rondó a la francesa para el refinado lamento de Orfeo "Che faró senza Euridice", o el canto estrófico y los ritmos de danza y constantemente sumerge la voz solista en un diálogo siempre emotivo con el coro y los instrumentos.

Una ópera en continua evolución

Son tres las versiones de la ópera realizadas por el propio Gluck: la primera, para el estreno en Viena de 1762, estaba escrita para Gaetano Guadagni, un castrato con tesitura de contralto; la segunda, para las representaciones en Parma en 1769, en la que Gluck realiza los primeros cambios ya que adapta la parte del protagonista para el castrato Giuseppe Millico, que poseía tesitura de soprano; y la tercera, para su presentación en Paris en 1774, en la que la obra se traduce al francés y el personaje protagonista es encomendado a un tenor de tesitura muy aguda. En esta versión Gluck rehace la orquestación, adapta los recitativos al gusto francés y añade más de media hora de música, de la que destacan un aria para Amore en el primer acto, un aria “de bravura” como cierre de ese acto para Orfeo, un trío en el último acto y más números de ballet, muy al gusto del público francés.

Hasta aquí las versiones del propio Gluck, pero no las que ha visto después su ópera. La más importante, por su trascendencia posterior, fue la que realizó Berlioz, con la colaboración de un jovencísimo Saint-Saëns, para su reestreno en Paris en 1859. Partiendo de la original versión francesa, adaptó el rol de Orfeo para la mezzosoprano Pauline Viardot, además de introducir numerosos cambios para recuperar la fuerza y continuidad de la versión de Viena. Eliminó, por ejemplo, el ballet final y recurrió a recitativos de dicha versión. La representación tuvo un éxito enorme y, a partir de ese momento, la versión de Berlioz se convirtió prácticamente en canónica y, traducida al italiano, ha sido la base de las representaciones de esta ópera en siglos posteriores

Notas sobre esta puesta en escena

La versión que ahora les presentamos de esta primera ópera reformista de Gluck es, desde el punto de vista musical, muy coincidente con la revisión hecha por Berlioz y está basada en la edición en italiano publicada por Ricordi para las representaciones de Milán de 1889. No obstante, hemos introducido ciertos retoques ya que eliminamos el segundo párrafo del aria de Orfeo de la escena inicial, así como el recitativo que lo sucede – por parecernos redundantes y algo superfluos – y omitimos también la reexposición del segundo tema coral del acto segundo, la música para ballet posterior a la danza de los espíritus bienaventurados y la del final del acto tercero.

Desde un punto de vista escénico, nuestra versión está fundamentada en la simplicidad que tantas veces proclamó Gluck. Hemos huido de los elementos accesorios y banales para centrar la atención del espectador en el drama en sí mismo, en los personajes y en los sentimientos que nos trasladan. Hemos querido también dotar a esta historia de un carácter intemporal y enmarcarla en un espacio no identificable, evitando para tal fin todos aquellos elementos explícitos que la contextualicen. Que nadie espere ver a Cupido cual angelote alado, ni pastores o ninfas, ni demonios con cuernos. Nuestra pretensión – menos prosaica tal vez – es la de contar un sueño con final feliz en el que los protagonistas nos trasladan sus más recónditas emociones y en el que la música y lo onírico se confundan. Que todos ustedes la disfruten.

 Fernando Calleja Rosique